Un hielo en el infierno

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Por Vanesa Manes inundacion-laplata-2-abril

Vanesa Manes nos entrega una crónica sobre la experiencia vivida en la ciudad de La Plata, tras la inundación acontecida el 2 de abril de 2012. La tarea de ayuda entre el ejército argentino, la militancia política juvenil y la gente que se sumo por propia iniciativa al trabajo de asistencia a los damnificados, significó una experiencia renovadora respecto del algunas miradas sobre la historia argentina. En la región se suman dos sucesos con un punto en común: el recuerdo de Malvinas y la tragedia del temporal de lluvia. Allí los jóvenes soldados volvieron a ser protagonistas de la tarea voluntaria. Un hecho sutilmente expresado en esta crónica. 

Los pack de botellas de agua venían saltando de brazo en brazo desde el portón de la Facultad de Periodismo de la UNLP. Parecía una danza coordinada a la perfección. De fondo, una canción militante se transformaba en motor para aguantar un rato más. Mis manos estaban rosadas y me dolían las articulaciones. Caí en la cuenta de que hacia cuarenta y cinco minutos que estaba parada haciendo pasamano. Se iban los compañeros de Lomas de Zamora, pero al instante llegaban los de Mar Del Plata y los reemplazaban. Me corrí de la hilera y saqué una naranja verde que tenia en el bolsillo del impermeable. Tenía olor a tierra, pero la disfruté como quien disfruta un menú grandioso en un fino restaurant. Ese era mi almuerzo, esa era mi cotidianidad y la de muchos jóvenes tres días después del temporal.

—Si, es por acá—me indicó un compañero que acomodaba los artículos de limpieza. No me alcanzaban los ojos para ver la cantidad de gente que iba y venia por el hall. Afuera, la tragedia ardía. Adentro, la solidaridad se organizaba.

Estaba buscando lavandina para completar un pedido que había llegado desde el arroyo “El gato”. Un compañero petiso, con la voz ronca y aires desesperados me interrumpió:

—Necesitamos gente de La Plata para que guíe a los camiones, ¿Querés ir?—clavó su mirada y me tomó del hombro

—Bueno—dije dubitativa— aguantá que termino con esto y voy para afuera.

Los camiones entraban y salían del patio trasero de la Facultad. Carga y descarga se hacían en a penas minutos. Estacionaban, alguien con decenas de papeles en la mano tiraba las directivas de lo que había que subir. En segundos se formaba una hilera humana para comenzar a cargar: alimentos, colchones, agua, frazadas, ropa. Dos o tres militantes arriba y zarpaban a destino. No había lugar ni tiempo para las dudas. Llegó el próximo camión, dejé el bolso sobre una silla y me subí. Hacía frío, y parecía que el sol desde hacia tiempo había decidido alejarse de La Plata.

El 5 de abril de 2013 fue la primera vez que vi al ejército en la calle. La imagen de los celulares me remontó a la decena de documentales que había visto; de historias que había leído y escuchado. El genocidio indígena, la resistencia peronista, la dictadura, Malvinas. La historia argentina cabía en las manos de un ejército que había perseguido y matado a sus compatriotas. Pero ahí estaban. Sin armas y sin violencia. ¿Sería posible?

A mi lado viajaban dos soldados del ejército y frente a mí se sentó un compañero que había llegado desde Florencio Varela. El uniforme camuflado que llevaban estaba gastado, con algunas roturas, como si decenas de personas lo hubieran usado antes que ellos. Las caras rígidas y sin gesticulaciones como si una fuerza interna los autocontrolara. Uno debía tener mi edad, pero el otro no llegaba a los 19 años. De tez oscura, llevaba un anillo de plata en su mano izquierda y un celular al cual miraba incansablemente. Le sonreí pero no recibí respuesta.

— ¿Hace mucho que están en La Plata? —pregunté con ánimos de mostrarme interesada

—Llegamos ayer —dijo el más chico— nos vamos a quedar toda esta semana.

Transmitían cierta paz y timidez cuando hablaban entre ellos. Sacaron el termo y se abrió una ronda de mates. El frio apenas se filtraba por la lona, pero un mate bien caliente significaba una breve caricia al alma. De repente, el camión se internó entre las calles aledañas al Parque Castelli. Un escenario de pos guerra se abrió ante nuestros ojos. Una ciudad que seguía siendo tierra de nadie. Los niños transeúntes miraban atónitos a los soldados que con sonrisas en los labios los saludaban. También era la primera vez que los veían.

—Yo no tenia idea de lo que estaban haciendo acá. La verdad que los felicito— dijo el soldado mientras le sacaba el polvo a la yerba. Me sonrío. Se llamaba Sergio, vivía en Moreno y era el único de cuatro hermanos que tenía trabajo fijo.

—Pasa que se hablan muchas cosas, pero está bueno que estén acá y vean con sus ojos lo que estamos haciendo. Lo que todos estamos haciendo—dije con un convencimiento que hasta a mi me sorprendió. Me sentía lejana a ellos, pero cerca a la vez.

Mientras nos aproximábamos a destino la gente comenzó a asomarse a la calle. Los rostros en silencio. La calma y el dolor se bifurcaban en el aire. Los colchones fue lo primero que descargamos. Sergio me tendió la mano para bajar y se quedó al lado mío mientras hacíamos el pasamano.

—Lo que pasa es que a nosotros nos vinculan con la dictadura, y todo eso. Yo no tengo nada que ver, yo nunca haría algo así. No se me ocurre matar a un compatriota.

Pensé que sí, que era posible. Que torcer la historia depende de las personas que la hagan, que le pongan el cuerpo, que la escriban. Y por momentos sentí que estábamos escribiendo un párrafo.

Terminamos de bajar el pedido y retornamos a la facultad. La gente por la calle nos despedía como quien se reúne a despedir un familiar. Las gracias se hicieron infinitas y rondaba la sensación que lo que habíamos llevado era poco. Nada alcanzaba. En el viaje de vuelta noté que la rigidez de Sergio se había ablandado, como desvanecido. Me contó de sus hermanos, de la novia que lo esperaba. Yo le hablé de mi vida en La Plata, de la facultad y la militancia. Me manifestó las ganas de poder estudiar una carrera universitaria, pero antes tenía que terminar la secundaria.

—Bueno, sabes que existe el Plan Fines, que es un plan de terminalidad de la secundaria —ahora era yo la que cebaba mate

—No, ni idea. Igual a mi se me complica con los horarios. Aparte no se como se hace.

—No,no— dije insistente—fijate que es un programa que está pensado para gente que trabaja, para gente como vos que no tuvo la oportunidad. Estaría re bueno que termines.

Se generó un silencio que duró segundos. El otro soldado me miró fijo, como desconfiado. Saqué un papel que tenia en el bolsillo y con el lápiz que me prestó mi compañero escribí “googlear Plan Fines”. Terminé de escribir la última letra y reflexioné al instante lo que estaba haciendo. ¿En medio de la tragedia proyectaba futuro?. Sí, en medio de la tragedia proyectábamos un futuro. Le dí el papel y me paré para bajarme.

Mi compañero y yo saltamos del camión.

—Me voy a anotar— gritó Sergio—vuelvo y es lo primero que hago.

Nunca supe que pasó con Sergio. Esa tarde, bajo el manto gris de dolor que habitaba en La Plata, el infierno se hizo hielo. Y fue en ese instante, en el trayecto de un segundo en donde todo puede ser igual o empezar a ser distinto, que me convencí de algo.

Juan Quesquén
Juan Quesquén
Periodista.

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